“Precisamente a nosotras es a las que primero nos tienen que dejar salir”, bromeábamos mi vecina de la acera de enfrente y yo antes de la desescalada. Nos hemos hecho amigas a costa de contarnos la vida después del aplauso de las 20, así de charleta a voz en grito de balcón a ventana cada tarde durante casi dos meses. “Precisamente nosotras, que somos responsables porque nadie nos saca las castañas del fuego y vamos a salir solas, somos a quienes pueden dejar salir con menos riesgo después de mes y medio de confinamiento”, nos decíamos cada día al atardecer.

Curiosamente, de hecho, he visto proponer más barbaridades con tal de salir antes de empezar el desconfinamiento a quienes viven acompañados que a las personas que hemos pasado la cuarentena solas. Será percepción mía o es que mis amistades solteras son muy responsables pero, en una sociedad que a menudo mira por encima del hombro a l@s singles, es para hacérselo mirar. De hecho, casi todas las medidas se han pensado para quienes tienen hijos, para quienes tienen perro, para quienes salen a pasear con su pareja… sin tener en cuenta a quienes viven solos, en un país de población envejecida y con muchas parejas separadas. Como si las personas solas no existieran.

Me pregunto qué consecuencias tendrá el confinamiento para la salud mental de quienes han estado casi dos meses sin ver a nadie que no sea el panadero o los tenderos del mercado y que no tienen red social, como yo. La convivencia no es fácil, mejor sola que en mala compañía sin dudarlo, pero diría que la soledad es más dura psicológicamente y veo poca o ninguna reflexión al respecto.