“Yo salgo tres veces al día, una hora cada vez, a pasear al perro” me decía un día mi profe de italiano por teleconferencia. Y no pude evitar cabrearme, no porque no entienda que los animales tienen que salir a diario ni porque me pareciera mal el confinamiento, al contrario. Yo me quedé en casa ya antes de que se decretara el estado de alarma, pero en algún momento de esta cuarentena me he sentido “castigada” por no tener perro.

Por no tener perro ni niños y no porque no me importe la infancia, al contrario. Creo que los más vulnerables tienen que ser lo primero. De hecho, no tengo duda de que la mayoría de padres y madres son responsables, a pesar de quienes pretendían usar como excusa a sus “niños” de 30 años para que les dejaran salir antes de la desescalada, quienes querían coger el coche en lugar de salir a dar una vuelta a la manzana o quienes han llevado a sus hijos con los abuelos, entre otras cosas que se escuchan por ahí.

Después de 50 días sin salir más que a hacer la compra esencial como mucho dos días a la semana, vuelvo a casa aún más cabreada si cabe. Nunca había visto tanta gente en mi barrio. Calles abarrotadas de personas caminando, corriendo o paseando al perro. Imposible mantener la distancia y clausurado un parque en el que, como no podía ser menos, hay quien se cuela. Me cuesta entender que después de más de mes y medio sin salir tenemos que compartir franja horaria con perros y sus dueños, que en todo este tiempo llevan tres paseos diarios. Y no, lo mío no es falta de sensibilidad con los animales, gracias.

En este caso, tampoco es falta de responsabilidad de la gente, más allá de irresponsabilidades puntuales. Después de casi dos meses en casa, es normal que las personas que hemos cumplido responsablemente la cuarentena y no hemos salido por no tener perro nos echemos a la calle cuando empieza la desescalada.

Pero lo que menos entiendo son algunas medidas adoptadas en ciudades como Madrid. Si el objetivo es cuidar nuestra salud, no parece lo más saludable caminar sobre el asfalto por calles llenas de gente sin posibilidad de mantener la distancia en lugar de respirar paseando bajo los árboles en unos parques más amplios que las aceras. Así que después de media hora de caminata vuelvo cabreada y me falta el aliento. Ya si eso lo de salir a correr lo dejo para otro día.