“Yo no tengo miedo” es el nuevo mantra frente a la COVID-19 en algunos ambientes, donde la prioridad parece ser “seguir con mi vida como si nada”. Del “no tengo miedo” al “yo mimé conmigo” solo hay un paso, el que prioriza el bienestar personal por encima del bien común, una forma muy infantil de entender el desarrollo personal. En plena pandemia, esta falta de responsabilidad social pone en riesgo no sólo tu salud o incluso, tu vida sino lo que es peor, la de los demás.

Ante el coronavirus, como en una guerra o durante cualquier otra situación extraordinaria, emergencia o catástrofe, lo normal es sentir miedo. No sólo es humano sino que además, el miedo nos protege ante la amenaza que hace peligrar nuestra vida. Gracias al miedo actuamos con precaución, no saliendo de casa más que para lo imprescindible, por ejemplo. Otra cosa, por supuesto, es cuando el miedo te paraliza, impidiéndote por ejemplo salir de casa durante meses. Conozco ya más de un caso de personas que no han vuelto a salir desde el confinamiento de marzo y me temo que son muchas más de las que pensamos.

Qué oportunidad tan buena han perdido también los alcaldes de ciudades como Madrid ante las nevadas que ha dejado a su paso Filomena. El discurso del miedo se ha impuesto en lugar de explicar bien a los ciudadanos cómo proceder para evitar colapsar más las urgencias, evitando por ejemplo pasar debajo de árboles, caminando por el centro para evitar cornisas o no cogiendo el coche de ninguna manera, excepto que sea estrictamente necesario. Porque sí, hay momentos que también son para disfrutar, con precaución y sobre todo, responsabilidad, no sólo personal sino también social.