«Hija, porque quedemos las cuatro no creo que pase nada, si somos nosotras», me suelta una amiga, de más de 70 años, intentando convencerme de quedar en casa de una de ellas para celebrar su cumpleaños. Le explico que en plena pandemia, hay que asumir que no podemos quedar en casa de nadie y que, dado que en ese momento hace todavía buen tiempo en Madrid, lo suyo es vernos al aire libre aprovechando las horas de sol. Se lo explico y una vez más, me siento la «porculera» del grupo, a un paso solamente de ser la «apestada», esto es: la que tiene miedo en lugar de «vivir» la vida. «Vivir» a veces pasa por dejar morir y no lo entiendo. Escucho hablar de los cuidados y me cuesta entender que no pasen por cuidar a los demás. Sigo sin poder entenderlo.
«Tienes las cuerdas vocales atrofiadas», me explica el especialista al que acudo porque me quedo afónica un día sí y otro también cuando paso muchas horas al ordenador, que es casi a diario. Esta vez no me alegro de mi decisión de pedir siempre una segunda o, incluso, una tercera opinión, por que el siguiente especialista me explica que el problema está en los conductos de respiración y el tercero me dice que tengo unas cuerdas vocales perfectas y que el problema es la ansiedad, así que me receta un Lexatin diario. Le explico que si yo me tomo una de esas pastillas por la mañana me puedo pasar todo el día drogada. Me sigue costando entender que me prescriban lo mismo que a cualquiera de sus pacientes de casi 100 kilos, cuando yo abulto al menos la mitad. Es el maldito sesgo de género del que habla Carme Valls en Mujeres invisibles para la medicina, una de las lecturas que he devorado durante la pandemia.
Consulto a una psiquiatra de confianza que se echa las manos a la cabeza. Está enfadada porque cada vez más médicos recetan este tipo de medicaciones sin entender sus implicaciones. Me explica que no sólo es adictivo, sino que el problema es que cada vez necesitas tomar más hasta que ya no puedes dormir sin empastillarte.