Sí, yo también estoy saturada de ruido en los grupos de whatsapp. Yo también me hice mi lista de “pendientes” que quería resolver durante las semanas de cuarentena. Empecé por limpiar mi correo, que he dejado a unos cuantos emails en bandeja de entrada asociados a tareas pendientes, y seguí por ordenar en casa, pasando por otras tantas tareas para las que nunca encuentro el momento. Yo también he reorganizado mi horario laboral y me he establecido un ocio casero que pasa por leer buenos libros y ver buen cine. De hecho, he decidido saquear Filmin en lugar de los supermercados, que apenas piso habitualmente, para ver todos esos grandes documentales y películas que tenía en mi lista de “para ver después”.

No fue hasta pasados unos días de empezar el confinamiento cuando me di cuenta de que, a pesar de tomarme el fin de semana de “descanso”, no paraba de hacer cosas ni siquiera en mis días libres. Me tomé algún día tranquilo, sí, pero fue para seguir haciendo: practicar yoga, leer la prensa, hablar con alguien, repasar el whatsapp o las redes sociales, ver un documental o una película, hablar por teléfono… hacer, hacer, hacer.

Me cuesta mucho parar. He ido aprendiendo a base de experiencia, mucho yoga y bastante meditación y aún así, cuando logro frenar el ritmo mi cabeza no para de pensar en la lista de cosas que “tengo que” hacer. Me ha costado semanas darme permiso tirarme un rato en el sofá a escuchar música, por ejemplo. He hecho la consulta en twitter y me han respondido varias personas, médicos y psicólogos sobre todo. La opinión es unánime: sí, además del descanso necesario para nuestro cerebro al dormir, el ser humano necesita “no hacer nada” a nivel existencial y por supuesto, como base para la creatividad.

Me aterra una sociedad incapaz de mirar hacia dentro que no soporta la soledad, sin vida interior

En El camino del artista, que por cierto estoy rehaciendo en este tiempo de cuarentena, Julia Cameron explica que “un artista tiene que tener periodos de inactividad, un tiempo para no hacer nada”. Añadiría la productividad a la lista de razones. Cuando me he tomado algún rato más tranquilo, ha ido siempre seguido de días mucho más productivos en los que he sido capaz de trabajar más horas seguidas. “Cada día el cerebro requiere 7 horas de silencio. Si no las tiene se estropea. Además del nocturno la creatividad y tu parte existencial lo necesitan”, me dice por ejemplo el doctor Salvador Casado. La psiquiatra y psicoterapeuta Maribel Rodríguez indica que “que el silencio beneficia al cerebro y a la salud mental” y un tuitero me recomienda también libros como El silencio o Elogio del caminar, de David Le Breton, que añado con gusto a la lista de “pendientes”.

“Cuando el mundo se para, el planeta respira”. Este artículo de Euronews sobre la pandemia de coronavirus es el que me ha inspirado toda una reflexión sobre el “no hacer”. Lo mismo se trata de eso, de parar: frenar el ritmo, dejar de producir, darse permiso para descansar. Y no, obviamente no hablo de quienes tienen un trabajo esencial o están en casa con niños pequeños a quienes tienen que atender además de trabajar. Me refiero a quienes tenemos la fortuna de poder permitirnos parar.

Lo mismo es el momento de empezar a ir menos al supermercado y más al mercado, a la panadería y a las tiendas de barrio. Lo mismo no es tan esencial comprar cosas online y puedes visitar las librerías de tu ciudad cuando vuelvan a abrir, si sobreviven a las grandes y abren. Es posible que podamos ayudar a los agricultores comprando sin intermediarios en cooperativas o a los propios productores. A mi lo que me aterra, además del COVID-19, es una parte de la sociedad incapaz de mirar hacia dentro que no soporta la soledad, con tantas personas sin vida interior, porque indica que algo hemos hecho muy, muy mal.