“Si no practico todos los días, no estoy bien”. Me lo decía una compañera de formación de yoga, a la que admiro profundamente. Es de las pocas que ha seguido practicando a diario desde que terminamos la formación y un vivo ejemplo de los beneficios que puede aportar la práctica diaria de yoga y meditación. Admiro profundamente a esta mujer que lejos de “volarse”, ha sabido mantener los pies en la tierra mejorando como persona y desarrollando una admirable carrera profesional compatible con sus hábitos de yoguini. En su caso, me quito el sombrero. En otros, afirmaciones como ésta me preocuparían.

Sí, yo también me siento mejor cuando medito, cuando hago yoga, cuando voy al cine a ver una buena película en versión original, cuando viajo, cuando leo un buen libro, cuando voy al teatro o a ver una exposición, cuando salgo a tomar un vino con una buena amiga… lo que me preocuparía es estar mal cuando no hago alguna de las cosas que me sientan bien. Aspiro a estar bien en todas las circunstancias aunque obviamente, no me siento igual en todas las situaciones.

Hablo de ello con otra compañera de formación, con la que desde hace años comparto amistad y profundas conversaciones sobre lo divino y lo humano. Otra mujer de armas tomar a la que también admiro profundamente, tanto personal como profesionalmente y que como yo, ha recorrido un camino de desarrollo personal y búsqueda espiritual. Las dos estamos de acuerdo. No es raro, dado que habitualmente tenemos una visión bastante parecida de las cosas, sobre todo en lo que se refiere a nuestra experiencia con el yoga y otras técnicas de trabajo interior.

“El yoga nos empodera, pero no puede ser lo único que nos haga sentir vivas, porque entonces nos aliena”. Lo dice una profesora de esta disciplina justo al día siguiente de mantener estas conversaciones. Una jornada que paso precisamente en un curso de yoga para mujeres, que dedicamos a hablar de salud femenina y alimentación. “Todo depende de cómo lo vivas”. Lo explica esta veterana profesora y ahí encuentro la clave.

Si meditar o practicar yoga nos enriquece, también lo es salir a tomar una caña en buena compañía. Esa es mi experiencia y cada vez estoy más convencida de la necesidad de integrar, de llevar a nuestra vida cotidiana esas herramientas que nos ayudan y de armonizar lo de “arriba” con lo de “abajo”, el plano en el que vivimos, que es el único que tenemos y conocemos hasta que no se demuestre lo contrario.