Foto: David LaChapelle

Dancer, el documental que narra la historia del bailarín

“Cuando bailo no pienso en lo que estoy haciendo: la danza es lo que soy”. Sergei Polunin ES pura danza. “El ballet es cómo me siento”. Danza en estado puro. “Bailaba con el alma, se transportaba con la música”, dice su abuela, que tuvo que emigrar a Grecia para trabajar cuidando a una señora, mientras su padre se trasladaba a Portugal para poder costear la carrera del bailarín. Una presión que le costó cara. “Me quedaba a verle en las clases porque no podía pagar un billete de vuelta”, reconocía años después su madre, con la que estuvo enfadado durante años porque sentía que ella había decidido por él y que tampoco pudo quedarse en Londres cuando su hijo fue el bailarín más joven admitido en el British Royal Ballet School, porque no pudo arreglar los papeles de su visado. Temía que quedarse ilegalmente perjudicara la carrera del adolescente y tampoco nadie en la compañía se encargó de resolver el asunto.

Esta semana he asistido en los cines Verdi de Madrid a la proyección de Dancer, el documental que narra la vida de Sergei Polunin. Se estrenó hace un año en España y no pude ir a verlo; tampoco pude estar cuando lo echaron en el centro Conde Duque y ahora he tenido la oportunidad de verlo gracias a los “martes culturales”.

Aquí podéis ver el trailer en español

Apodado “el chico malo de la danza” por una prensa que no supo entender que solamente se trataba de un veinteañero, como bien apunta uno de sus compañeros, Polunin se convirtió en el bailarín principal de menor edad en la historia de la danza en el Royal Ballet. Una institución que, como ocurre con los músicos en el conservatorio, acabó por arrebatarle la creatividad y matar al artista que este genio llevaba dentro. Como tantas otras, la compañía no sólo se encarga de enseñar ballet a sus alumnos al mas alto nivel, sino que también “proporciona unas excellentes instalaciones médicas para prevenir y tratar las lesiones”, como escribe Judith Mackrell en The Guardian y sin embargo, no parece poner el mismo empeño en cuidarles emocionalmente. Fue tal la presión que a los 22 años, el conocido como “el nuevo Nuréyev” anunció su retirada. “Te sientes prisionero de tu cuerpo, de la necesidad de bailar”, reconocía el denominado “James Dean de la danza”, confesando que lo único que quería era llevar “una vida normal”.

“La cultura del estoicismo hace imperativo que la industria de la danza desarrolle unos mejores sistemas para tratar con cuestiones como la ansiedad, el burnout y el estrés”. En materia de salud mental, “la danza tendría que identificar mejor los problemas que afectan a sus artistas”, escribía Judith Mackrell en su crónica del documental. Por su parte, “los bailarines necesitan saber que está bien pedir ayuda y los gestores, crear una cultura en la que la vulnerabilidad no equivalga a fracaso”. Fracasado se sintió durante años el ucraniano, que reconoce haber bailado bajo los efectos de las drogas en más de una ocasión.

De Londres a Rusia, el bailarín tatuado acabó participando en uno de esos concursos de la tele que lanzan al estrellato a jóvenes a quienes nadie prepara para la fama. Le rescató el director del Ballet Stanislavsky, que pronto se convirtió en un sustituto de su padre. Tampoco nadie en la industria de la danza se encargó de que padre e hijo pudieran estar juntos. Durante años no dejó que su familia le viera actuar. Sentía que no era él quien había escogido el ballet. Se reconcilió durante la grabación en Hawai de este vídeo de David Lachapelle coreografiado por su mejor amigo y con el tema “Take Me to Church” de Hozier, que en seguida se hizo viral. Con él os dejo porque es una auténtica joya. Que lo disfrutéis.