Y tú, ¿cuándo caminaste descalzo por última vez?

Es de mala educación comer con las manos, con la boca abierta, poner los hombros encima de la mesa… y así, cuando viajas a la zona rural de un país cuyas gentes comen con las manos, tú piensas que son “los otros” quienes lo hacen mal. Y claro, te crees que “lo tuyo” es “lo que vale” y “lo suyo” es lo que está equivocado, que lo tuyo es lo bueno y “lo otro” es lo que está mal. Porque claro, así te lo han enseñado. Con lo fácil que sería, digo yo, que te expliquen que “a nosotros”, nos gusta comer con las manos. Que es una costumbre que hemos adoptado con el paso de los tiempos y que consideramos que supone un avance con respecto a lo anterior. Que de hecho, en algunas ocasiones es muy recomendable comer con cubiertos. Ahora bien, que ¡ay! del placer que experimenta uno, una, al comer con las manos.

Porque supongo que, si regañas al niño/a por comer con las manos (y no, no digo que no haya que explicarle, que explicarnos de pequeñ@s, que en ocasiones es mejor comer con tenedor y cuchillo) es porque tú lo mismo no lo has experimentado. Y te has perdido la sensación que te conecta con quién eres, tú, animal racional, en lo más profundo. Incluso casi te ha parecido que te cambiaban el cerebro por otro, como cuando te quitas los zapatos para caminar descalzo, descalza, por el césped o por la orilla de la playa. O simplemente, por casa. ¿O es que tú tampoco te has quitado los zapatos nunca? ¿Cuándo fue la última vez que te diste un paseo descalzo/descalza?

Todo esto lo pensaba al enterarme de que, en algunos colegios, empiezan las clases este viernes. Un viernes, sí, has leído bien. ¿Tú empezaste a trabajar el viernes? Y de ser así, ¿cómo te sentiste? ¿Te sentó bien? Entonces, ¿por qué nos empeñamos los adultos en hacerle a los niños/as lo que no queremos que nos hagan a nosotr@s? Ay, así está el estado de la educación…